domingo, 11 de noviembre de 2012

El último apagón


Un muchacho está completamente conectado, y a la vez, totalmente aislado.
Es uno con la tecnología que lo rodea y su base de datos –su cerebro- está siendo siempre actualizada con novedades, chismes, chistes, curiosidades y demás parafernalias.
Es un autómata con internet, y sin embrago, es un chico tan común como cualquiera. Tan común, de hecho, que se podría pensar en el tan sólo como el resultado de una producción en masa de estereotipo juvenil.
Está de moda ser un zombi de las telecomunicaciones.
Una mañana despierta, apaga la alarma de su celular e inmediatamente intenta conectarse a la red social a través de él, pero no lo logra; el servicio parece haberse caído. Reniega un poco pero no se preocupa, enciende su laptop (sin levantarse de la cama) y repite el procedimiento anterior, pero de nuevo sin éxito.
Después de un rato, convencido de que la culpa la tiene el servicio de internet, se levanta para empezar su día, pero en vez de irse a andar en bicicleta en un parque cercano como cada domingo, pedalea hasta un café donde sabe que hay wi fi. Ahí pide un capuchino caliente, un croissant de jamón y queso y la clave del wi fi. Se la dan, pero le advierten que no está funcionando. En efecto, no consigue conectarse.
Vuelve a su casa con premeditada calma, pero en realidad le escuecen el coxis y la sien por la ansiedad que le causa el no poder comunicarse. Llega al departamento que habita él solo y marca el número de su mejor amigo para saber qué será de su domingo, pero la llamada no entra. Lo intenta varias veces y con más números, pero no consigue llamar a ninguno.
-Será cuestión de unos minutos- piensa a la vez que enciende la televisión para matar el tiempo, pero en la pantalla sólo se ve una maraña de garabatos grises que se mueven frenéticos dentro del cuadro. No lo soporta, tira el control al suelo y apoya la cabeza en sus manos para sufrir su frustración; la tecnología lo está timando.
Vuelve a intentar conectarse al internet con su laptop, pero ya ni siquiera enciende. También su celular está apagado y la televisión acaba de apagarse, intenta encender la luz y no lo logra.
El joven por fin se resigna, convencido de que la luz volverá después de una siesta, pero varias horas más tarde las tinieblas se tragan a la ciudad y ya no sólo él está desesperado, pues el mundo se ha convertido en un caos dentro de la oscuridad incandescente que los baña.
Y la luz no vuelve, y así se empieza a acabar el mundo.

sábado, 27 de octubre de 2012

Monólogo


Entra una mujer en escena con un martillo en mano, y sin decir nada ni mirar al público, rompe los 7 espejos que están colgados en la pared del fondo. Deja el martillo en la mesita, junto al teléfono, y se pone a los 6 paraguas que tiene en un paragüero, dejándolos luego en el piso. Por último, se sienta en un taburete que tiene bajo una escalera en A y dice:

Soy una mujer desdichada, mi marido acaba de morir.
Allá afuera llueven bombas y las balas zumban de un lado al otro como moscas en un basural. El aire fue trocado en gases tóxicos y la comida es la reserva que los prudentes juntamos antes de que estalle la orquesta de la muerte, pero no tengo miedo.
Estoy esperando que por esa radio anuncien el desarme de los necios: la victoria de uno o la derrota de ambos, en fin, alto al fuego. Antes, al principio, los informativos se impartían cada cinco minutos, pero a medida que la tragedia se hizo más dolorosa que la incertidumbre, las canciones ocuparon el espacio de las noticias.
Quedaron solo tres emisoras, de las cuales, sólo una trató de resistirse a la censura y seguir dando parte de las bajas a cada minuto. No creo que los hayan callado, sino más bien pienso que la gente prefirió la música suave que nos reparten como raciones de endorfina para mantener la calma. Y muchos así lo prefieren: olvidarse de la realidad y sumirse en el letargo de la melodía, pues aunque asuman en cada lágrima el olor a muerte, pólvora y escombro que ronda cada noche, nada va a cambiar.
Música clásica nos ponen, y no me gusta, pero aún así no apago la radio porque sé que si algo se va a informar, si algo importante va a salir de esos parlantes, va a ser el anuncio de la paz restaurada.



SUENA EL TELÉFONO

Aló?... sí… sí, ella habla… sí… hace como una hora… sí, aquí voy a estar… no se preocupe, gracias… cómo no, hasta luego.

Era el teniente de la compañía en la que luchaba mi marido. Quería preguntarme si recibí la noticia –sí, la recibí por teléfono hace una hora- y avisarme que me van a estar llamando para que dicte sus datos. Ah, además me pidió que no me mueva de la casa, qué irónico… el mundo afuera está tan intransitable que ni siquiera tuve el gusto de recibir en mano la carta de defunción.
Mi marido era un soñador: decía que su lucha era por la paz, que cada batalla y cada muerto lo acercaba más a una sociedad ordenada y armoniosa. Para él, como para todos los que peleaban a su lado, ganar la lucha significaba ganar la felicidad para su gente, la gente que somos nosotros, habitantes de un espacio sembrado de dolor. Con tanta sangre derramada, dudo que alguno de nosotros pueda volver a ser feliz. Es por eso que las catástrofes organizadas se justifican con la excusa del “bienestar de las generaciones venideras”.

Se levanta de la silla, agarra un paraguas y se recuesta en el piso con el paraguas sobre ella.

En lo personal, creo que ayudaría más que en vez de pelear, se botaran en una cama y no movieran ni un solo dedo hasta que se restaure la tranquilidad.
No es que sirva de algo, pero si no van a hacer las cosas bien, es mejor que no hagan nada.
Si no se toca, no se rompe.

SUENA EL TELÉFONO

Aló?... Buenas tardes, sí, ella habla… cómo no: Pereyra López Bruno… sí, Y griega… con Z al final… 4 de marzo de 1947… casado (risa corta, irónica) claro… ocupación? En su carnet debe seguir diciendo estudiante… era una idealista… disculpe… no se preocupe… no hay de qué… hasta (se interrumpe).

Qué educación la de estos militares, le cuelgan a uno sin siquiera despedirse. Ahora querían que les de los datos de mi marido, parece que lo encontraron sin identificación y tuvo que reconocerlo uno de sus compañeros. Normalmente, yo habría tenido que ir a verlo, llenar una ficha con sus datos, llorar sobre su cadáver rígido, quizás hecho añicos…. Pero nos hemos reducido al teléfono. La lluvia no para.
SUENA EL TELÉFONO

Aló?... sí, ella habla… ah, sí? Ya veo… no deberían medirlo ustedes?... claro, entiendo… no estoy segura pero como 1.85… no lo sé, 85 kilos?... flores? Era hombre, nunca le interesaron mucho… (risa amarga) tiene razón, claveles… madera? Oiga, yo no sé de estas cosas y espero esté consciente de la clase de interrogatorio que me está haciendo… usen lo que quieran… sólo les pido una cosa: no crucen sus manos sobre su pecho como suelen hacer, nunca le gustó esa benevolencia artificial… claro, aquí estaré… hasta luego… no se preocupe.

Parece ser que mi marido murió como un héroe y quieren darle un entierro digno, pero qué tristeza, los de la funeraria no pueden llegar a él por la misma razón que yo no puedo.
Dijo algo curioso el señor, algo incluso irrespetuoso: le pondremos las flores que a usted le gusten porque los entierros no son para los difuntos.
En realidad es la primera persona que piensa en mí desde que mataron a Bruno, aunque, por supuesto, no del modo mas gentil, pero aun así…
La gente llama para reconstruir la identidad de un muerto olvidando que habla con un ser vivo que aun tiene sentimientos. Un solo pésame llegó a mis oídos: el de rigor, el que venía con el paquete de “lamentamos informarle que su marido falleció en combate”. Luego se olvidaron de mí y del hecho de que también soy alguien, pero lo terrible es que por un momento, yo me olvidé de mí misma y sólo fui el recuerdo de mi marido.
Soy una mujer desdichada que reta a la mala suerte para que le de una tregua, y aun si no la consiguiera, no tengo miedo. De todas formas, la suerte nunca se apiadó de mí.
Mi marido peleó por su patria pero murió por la paz, y aunque es un héroe entre muchos, no podemos salir a celebrar que el cielo volvió a ser azul y es posible que ni siquiera pueda ver los claveles rojos que pedí en su cajón porque esta lucha no ha terminado y, en el último instante, yo también podría morir.
Sí, tengo miedo.

SE APAGAN LAS LUCES

Pero al final el miedo es eso: ese diminuto instante en que el mundo se detiene, o en que uno quiere que se detenga, antes de la colisión.

Se encienden todas las luces de golpe junto con un sonido de explosión fuerte. La mujer aparece como un ovillo en el piso agarrándose la cabeza.

jueves, 4 de octubre de 2012

El ciclo anual


Al principio, cuando era niña, cada año era un mundo nuevo, pero desde cierto punto, los años empezaron a convertirse en ciclos que varían en función a la madurez que voy adquiriendo.
Una o dos veces al año, desde hace tres años, me enfermo gravemente, así como una o dos veces al año, desde hace tres años, cometo un gran error con terribles consecuencias, casi siempre del tipo ilegal.
El ciclo de las enfermedades y los errores se rompe con el último, cuando el error es tan drástico y la pérdida tan valiosa, que no quedan ganas de volver a pecar en el resto de la vida. Suena a exageración, pero la conciencia queda atenta a cualquier oportunidad de meter la pata, claro, para evitarlo.
En cuanto a las enfermedades, van a aparecer hasta que me convierta en una mujer que sabe cuidarse y prevenir, luego voy a estar parcialmente sana por una o dos décadas,  y luego la vejez se encargará de lo demás.
Desde hacen siete años, tengo uno o dos grandes amores por año, y con todos ellos he soñado un futuro encantador que nunca llega  a destino.
El ciclo de los amores anuales ya acabó, ese sí con certeza, cuando dejé de soñar y empecé a construir.

viernes, 28 de septiembre de 2012

El color del instinto


Un haz de luz se dibuja en el espacio atravesando la monotonía de los sinsentidos de las ocho de la mañana. Si de este espesor de horas nacieran muchos más textos, muchas más palabras, la colección se llamaría Fotografía.
El docente es un mago: tiene la increíble habilidad de tomar el tiempo, filtrarlo por sus maravillosos lentes de 75mm. y difractarlo cual si fuera la luz que da pelea a la tecnología que hasta ahora no ha comprendido la distancia anatómica entre los ojos, espacio en que, sin nosotros notarlo, se nublan las esencias y se desenfocan los centros perfectos de los cuales puede partir cualquier radio.
Estoy divagando durísimo.
Me ha nacido un rechazo singular contra el color rosado, casi una fobia. Por muchos años se destinó este color, mezcla del rojo sangre con el blanco limpieza, a la sexualidad femenina, y es recién en estos últimos tiempos de mentes abiertas y vanguardias que los hombres se han aventurado a vestir prendas de este particular tono.
No lo sabía, pero creo que, nuevamente, la razón de esta destinación reside en el instinto mezclado con la biología. Resultó ser que ese rosadito chicle, Barbie, señorita, pastel, niña buena, no es otro más que el mero color del útero.
No creo que se haya descubierto antes de plantear los parámetros de preferencias de color. Instinto nomás debe ser.

Aquello que ella no supo describir

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Vehículos de todos los sabores y colores recorren veloces esa avenida ancha, bien iluminada, por la que ha pasado tantas veces. Sus ojos han visto al menos cien veces ese letrero amarillo y ese terreno baldío lleno de basura, pero en esta noche de nauseas, la ciudad se reinventa y se revela para ella engalanada de verde, más moderna y menos sucia que a la luz del día.
Está sentada en un taxi con la mente a cientos de kilómetros de la estratósfera, pero conserva en su mano, apretado, el quinto de valor absoluto que aboga por su juventud y la afirma en su condición de estudiante. Los adultos cargan con tres monedas en una mano y un crío en la otra. Ella no sabe con qué carga, y más preocupante aun, no sabe cómo cargar.
Podría estar rodeada de mil personas como sola en el más inhóspito desierto; en este momento, ella es la única habitante de su mundo. Cuando la mente tiene la necesidad urgente de escapar a un espacio donde pueda trabajar con lógica y tranquilidad, salta el térmico, enloquecen los sensores y, por virtudes del instinto, la conciencia se aísla en la mera nada, en una ausencia tan incorruptible que ni los pensamientos entran en ella.

Luego vuelve, se da cuenta de que es de noche. Mira a su alrededor, se da cuenta de que está bien acompañada. Él bromea, ella se da cuenta de que le duele reír.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Con lana y celofán


Estoy destinada a ser anormal, a estar sola, a ser artista. Soy artista, creativa, escritora; todos estos males los padecen las personas solas… o son solas todas las personas que padecen de estos bienes.
Dicen que no tengo nada, o nadie dice nada porque no se los pregunté, pero sí, estoy algo mal de la cabeza y no me lo creerían, parezco perfectamente normal… no lo soy! No soy normal! No quiero serlo. No quiero ver lo que escribo, mis ojos están clavados en las teclas porque temo que cuando repare en que esto es real deje de serlo, así, abruptamente, como los sueños.
Las ideas y la inspiración, las determinaciones, las elucubraciones, las reminiscencias, las dilucidaciones… todo está fluyendo en este momento que es una madeja de tristeza, arrepentimiento, claridad y una película que supera a millones de otras, una película hecha a mi medida con lana y celofán.
Yo sé, yo tengo la culpa y te debo disculpas, no he podido sacarme en todo el día esa frase de la cabeza y los brazos me duelen por el esfuerzo y el cansancio de soportar mi propio peso, que además carga con el peso de la conciencia y el remordimiento. Cómo duelen esos mordiscos de tiburón… duelen más que nada, más que la incertidumbre, aunque me encataría saber.
Quizás lo que necesito es a alguien que me aguante, y yo aguantarlo sin hacer estupideces o herirlo… lo siento mi amor, te herí, nunca quise hacerlo, prometí no hacerlo y lo hice. Lo siento muchísimo, de nuevo voy a llorar. No he hecho más en todo el día: llorar y pensar, llorar y leer, llorar y ver, llorar y crear.
Lo siento mi amor, mi pajarito del amor, como dice la cancioncita que no me deja en paz la cabeza. Quisiera estar mal de la cabeza y poder excusarme con eso, pero lo cierto es que estoy mal de la cabeza, pero si lo digo, sólo es repugnante.
Y sólo es repugnante que esté tan dolorida de haberte hecho daño, en todo caso, el que debería revolcarse de dolor sos vos, por eso reitero que nada duele más que la culpa.
Y ya. Las palabras que tenían que salir, salieron, y la cabeza se me calmó como consumada, como recién triunfadora de la cima más alta.
Y se acaban las palabras como se acaba el agua de un bidón en un hospital repleto de gente angustiada que sólo toma agua para calmar la angustia, no la sed. Y es justo ahí donde al bidón se le acaba el agua.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El Ascensor


Dos hombres, A y B, están parados frente a la puerta metálica de un ascensor. Lo esperan. Cuando se abre, la luz blanca revela un cubículo con paredes de espejo y piso de goma negra, y a dos hombres de traje que se arrinconan para darles espacio: C y D.
Los cuatro, de forma casi simultánea, emiten un fugaz movimiento de cabeza. Ascienden. ¿Qué piso? El último. Todos al último.
Ninguno pronuncia palabra. Sus miradas intercalan entre el piso, el techo, el tablero de números y la puerta. Evitan la cámara de seguridad. Cuando sus ojos se encuentran en el espejo, se desvían veloces, como si les doliera el choque de miradas.
Pasados unos segundos de que la puerta se cierre, C se quita el saco y se lo alcanza a D, se afloja la corbata, se enrolla las mangas de la camisa y saca de su maletín una afeitadora y un frasquito de jabón líquido.
Prosigue a afeitarse. No tuvo tiempo de hacerlo en su casa, pero no puede permitirse llegar con esas pelusillas en el rostro a tan importante reunión.
A y B no caben en su emoción. Tienen material de sobra para un nuevo informe sobre el comportamiento humano sometido a la pérdida del espacio personal en el ascensor, investigación que les ha tomado años de trabajo y por la que se han subido a todos los ascensores que encontraron a su paso.
Una música alegre decora el diminuto lugar.
C aplica un poco de loción en su rostro recién afeitado  y se acomoda de vuelta la vestimenta. D lo ha estado contemplando con una mezcla de pena y admiración. Le sorprende el sentido del humor de su amigo y envidia la tranquilidad con la que durmió toda la noche, y hasta tarde, mientras él, condenado por el insomnio, tuvo que pasársela dejando todo listo, afeitándose con una precisión quirúrgica.
Una música demasiado alegre lleva rato sonando en el lugar.
A y B tienen sus ojos clavados en C y D, quienes alternan la vista entre el tablero de números y la puerta del ascensor. Los dos últimos desearían que funcione la pantalla que marca en qué piso van; los dos primeros se regocijan con el creciente nerviosismo de C y D, que solo piensan en salir.
Una absurda música alegre inunda el lugar.
C y D comienzan a hablar en susurros; bromean de cosas que solo ellos entienden para disminuir la tensión, mientras que A y B entran poco a poco en pánico. Han olvidado que están en medio de una investigación, no recuerdan por qué están en ese ascensor ni cómo llegaron. Desconocen, incluso, su propia identidad.
Les asfixia el encierro del ascensor y les incomoda la charla de C y D, sus miradas, el reflejo que les lanza el espejo. Son incapaces de pronunciar palabra y el ojo acosador de la cámara de seguridad los tiene paralizados. Llevan horas de ascenso y desearían más que nada que funcione el indicador de pisos.
Y una horrorosa música alegre satura el lugar.
A no soporta más, tiene muchas preguntas y necesita respuestas urgentes. Se dirige a C con timidez y desespero para preguntarle, por favor, cuántos pisos tiene este edificio. C está perplejo y confundido, pero no lo demuestra. Gruñe que no sé y mira para otro lado, para el espejo, donde se topa con la mirada de los tres.
B pregunta a D, con más desespero que timidez, que a dónde vamos señor, qué hay en el último piso, y D, demostrando su perplejidad y confusión, le pregunta que a dónde quiere ir señor, por qué se subieron a este ascensor.
A responde que creo que nos hemos equivocado, a dónde vamos.
C y D anuncian, al unísono y con verdadera lástima en el semblante, que al cielo.