domingo, 3 de febrero de 2013

La importancia de llamarse isabel


Llamarme Isabel es para mí tan importante como para Óscar llamarse Ernesto, pero no es el mismo caso. Entonces, ¿cómo encontrar la esencialidad de mi nombre sin caer en la egolatría?

Sencillamente dándole su merecido valor a cada cosa. Inglaterra no sería lo que es si su reina se llamara Juana, como la de Arco, o Cleopatra, como la baños de leche, toneladas de arena y mirada irresistible. Y sin embargo, Isabel se llamaba Elizabeth para los isleños de la gran Bretaña.

Cuando era algo más joven solía pensar que todas las Isabeles son hermosas, y aunque comprobé lo contrario, es seguro que todas tienen algo único. Claro, como todos los seres humanos, pero en este caso, ese je ne sais quoi de las Isabeles comparte un común denominador entre todas las tocayas, entonces, aunque todas seamos únicas, somos todas iguales en el mismo aspecto, el cual nos hace destacar entre la masa.

Cuando estaba empezando la universidad, el primer fin de semana en que dieron la bienvenida a los nuevos, nos formaron en filas de a dos y nos vendaron los ojos. Yo soy una tímida irremediable, pero en mi lucha personal por superar mis complejos, le pregunté a la chica de mi lado su nombre. Fernanda, me dijo, y cundo yo le dije el mío, me respondió, ¡Ah, qué lindo! Yo siempre quise que mi hija se llame Isabel.

La importancia de llamarse Isabel es crear ilusión en las niñas, bautizar muñecas: es probable que el nombre se quede como una ilusión para mi compañera y nunca lo adopte para su hija. La importancia de llamarse Isabel es darle luz a los poetas: uno de los personajes principales de la primera novela de Gabriel García Márquez se llama Isabel.

La importancia de llamarse Isabel radica en el aroma de ninguna flor con ese nombre, en canciones que nadie escucho, en amores enamorados del nombre antes que de la portadora.

La importancia de llamarse Isabel es que si yo no fuera Isabel y si la reina no fuera Isabel y si la inspiración de Luis miguel no fuera Isabel y si la difunta esposa del personaje principal de La Tregua de Benedetti no fuera Isabel y si la hija del coronel en La Hojarasca no fuera Isabel, entonces algo en este mundo seria distinto,  y si algo en este mundo fuera distinto, nada en la vida de todas las personas que lo habitan sería igual.

lunes, 28 de enero de 2013

Fiesta de mascaritas

El carnaval se acerca y todos los cruceños, bolivianos y latinos de los países en que se celebra esta colorida e ilustre fiesta ya empiezan a sentir los aires de serpentina, espuma y abundante alcohol que traen estas fechas, y cómo no sentirlo si durante todo enero las ‘precas’ se han adueñado del centro de Santa Cruz y de avenidas importantes como la Monseñor Rivero.
Cómo no sentir el carnaval a dos semanas de su llegada si cada sábado los infortunados moradores del Casco Viejo tienen que pelear con los policías que les bloquean el paso, el tráfico se intensifica a la enésima potencia por la cantidad de calles cerradas y la basura abunda de forma vergonzosa en la mismísima Plaza 24 de Septiembre.
Cada fin de semana las tiendas de ropa, librerías y restaurantes del centro se ven afectados por  el bloqueo de las calles, que obligando a los posibles consumidores a caminar un par de cuadras, les hacen cambiar de opinión antes de poner un pie en el enlosetado, sin mencionar los enormes camiones cargados de equipos de sonido, repartidos tres en cada cuadra y cada uno con una canción diferente, tronando como si nadie viviera a cuatro cuadras a la redonda de la Plaza Principal.
Y es que realmente el carnaval es la fiesta grande de los cruceños, el evento más importante del año, ese en que la gente invierte miles de dólares y que es prioridad para las autoridades, las cuales le dedican un noventa por ciento del presupuesto anual del Gobierno Municipal y prefieren estropear el tráfico, permitir la destrucción deliberada del Casco Viejo y perjudicar a una buena cantidad de personas antes de negarle el espacio al carnaval.
Yo no tengo nada en contra de las borracheras exageradas, de la tinta de todos colores ensuciando paredes coloniales, de los crímenes impunes y abundantes, incluso nada contra las muertes fortuitas que inevitablemente deja este importantísimo evento, pero si el carnaval fuera sólo una fiesta de cuatro días, y no de cada fin de semana durante más de un mes y con planificación de más de tres meses, no habría ningún problema.
Esto no se trata de dar discursos moralistas ni de decirle a la gente que modere sus instintos, sabido es que muchos cuelgan el sombrero de la conciencia y no lo recoge hasta media semana después, así lo quieren, eso les gusta y no tiene nada de malo. Se trata de darle su merecido lugar a cada cosa, a cada campo de la vida.
Hay cosas mucho más importantes que el carnaval y las autoridades deberían tomarlo en cuenta antes de contribuir con el desorden público, y es que a ellos no les podemos permitir que pierdan la conciencia ni que cierren los ojos ante los estragos que deja esta fiesta grande. El pueblo los escogió para que respondan por nosotros y con repartir condones no basta.  

martes, 15 de enero de 2013

Luminosidad



Lucecillas en la ciudad como árbol de navidad, luces en la carretera, luces como flechas que viajan a toda velocidad. 
Vías llenas de luminosidad, alegres por el regalo de la energía. Luces de colores tan brillantes como una canción feliz, bailan a lo largo de una vía cantante, emocionada con el reflejo de la fiesta ambulante. 
Luces por toda la ciudad atraviesan la noche y nos ayudan a llegar al día siguiente. Brillos voladores cruzan lo extraño y tenebroso, giran varias veces y ponen esperanza donde hubo temor. 
Estrellas fugaces impactan la tierra, la recorren como saeta y nos brindan su calor artificial. Fuegos plásticos nos permiten descubrir los misterios de la celosa oscuridad, escudriñar lo indebido y encontrar los pedazos de corazones rotos debajo de la cama. 
Este es un viaje sensacional, un flash delirante por la vía láctea, un paseo por el buque de los faroles incandescentes. Las luces de colores, azules, rojas y amarillas, invitan a montarse a la aventura, a cerrar los ojos y recorrer a toda marcha la carretera cuajada de brillos que te rompen los ojos y traspasan los parpados para grabarse más allá de la conciencia. 
Las estrellas fugaces pasan derecho a través del barco, pero si se encuentran con la niebla de unos ojos cerrados, se detienen a bailar en ellos antes de continuar la carrera de estirar el manto nocturno alrededor del mundo, justo a tiempo para que nuestras vidas continúen con un poco menos de brillo, que es la renta que nos cobran las luces al dormir. 

lunes, 14 de enero de 2013

Fiesta de locos

¿Quién decide quién está loco y quién cuerdo? Y, ¿Quién nos asegura que la persona que emite tal juicio está en sus cabales y no, de igual manera, demente?

Todos tenemos una dosis de locura en nuestro interior, así lo exige el equilibrio de la vida, pues si estuviéramos por completo cuerdos, a su vez estaríamos totalmente locos: nadie puede tener tal grado de juicio sin antes proponérselo y el sólo hecho de afanarse por la salud mental connota un dejo de chifladura que podría ser mayor o menor dependiendo del deseo del individuo por estar cuerdo y “ser normal”.

Por otra parte, si nos dejamos llevar por la corriente sin preocuparnos por cómo estará la psiquis, poco a poco y sin darnos cuenta nos iremos impregnando de las manías de la sociedad y se podrá decir que, en cierta medida, también estamos locos.

Según la química, toda sustancia puede ser letal o inocua dependiendo de la dosis que se aplique. Por ejemplo: varios litros de jugo de naranja consumidos en un mismo día pueden matar a un hombre, pero tres gotitas de lavandina en las lechugas no son venenosas, sino desinfectantes. De igual manera, tener una dosis razonable de locura es más sano que tratar de estar cien por ciento en nuestros cabales.

Así como decía Jean-Jacques Rousseau: El hombre nace puro y limpio, pero luego la sociedad lo corrompe. De igual manera sucede que el hombre nace cuerdo (en realidad no tiene conciencia cuando nace) y la sociedad lo enloquece.

Pero funciona de la misma manera que el Contrato Social de Rousseau, pues así como el hombre cede su libertad natural, que es absoluta, para unirse a una sociedad que lo proteja, así también nos entregamos a este mundo de chiflados para no desquiciarnos con nuestra propia cordura. Sabido es que las personas aisladas, por naturaleza, enloquecen.

Entonces, una vez comprendemos que todos los seres humanos estamos un poco dementes, podemos responder a la pregunta inicial:
¿Quién decide quién está loco y quién está cuerdo? Probablemente un psiquiatra, quien debe estar un poco tocado. Y, ¿quién le enseñó todo lo que sabe de su profesión? Su catedrático, un hombre de costumbres un tanto excéntricas. Y a él, ¿quién le enseñó a leer y escribir? Su maestra de primaria, tildada por todos, a sus espaldas, por supuesto, de chiflada.
Y así sucesivamente podemos viajar por los años, los siglos y las jerarquías, y darnos cuenta de que todos estos miles de años hemos sido educados, gobernados y concebidos por locos.

Y si nuestro viaje por tiempo y espacio continúa y llegamos a los días posteriores a la creación, nos daremos cuenta que desde Caín y su perse que el mundo es un disparate, o quizás desde un poco antes.

miércoles, 9 de enero de 2013

Comer o besar


Esa es la cuestión, y valga aclarar que ésta no será una nota culinaria ni seis sencillos pasos para curar el mal aliento y el hedor del ajo en los dedos, mucho menos la fórmula mágica para dar besos con sabor a guapurú después de mandarse una platada de hígado a la chorrellana.
No. Esto va a excavar en lo profundo de las pasiones humanas, tocará dilemas filosóficos, le abrirá la tripa a más de un lector y pasará por alto para la mayoría de los transeúntes del internet que leerán “comer o besar” y decidirán sin más preámbulos, todo esto con una simple analogía: Si comer un delicioso plato de comida –la que a usted le apetezca- perfumado y sazonado con fresca cebolla y abundante ajo, sabiendo que de esa forma repelerá los besos de la pareja –o la persona que le brinde sus labios-, o sacrificar el hambre y el antojo por el bien de un beso mentolado, acaso dulce, y sin el menor dejo de reproche en las expresiones de la contraparte.
Por supuesto, esta analogía no contempla la posibilidad de lavarse los dientes, tragarse unas mentitas o cualquier otra solución para el desagradable problema del aliento pues no se trata de eso, sino de escoger entre la gula o la lujuria, el amor o el hambre, Eros o Dionisio, comer o besar.
El problema se puede abordar por el plano del placer individual o compartido, pues mientras comer es un gusto en solitario, besar requiere invariablemente de un acompañante; como también se puede analizar a partir del nivel de entrega y sacrificio que tenga cada persona hacia su pareja, ya que es más probable que un enamorado renuncie a su chimichurri por unos labios tibios que alguien que apenas empieza a noviar.
Y visto desde el ángulo de empezar una relación, se trata del pudor que exista entre la nueva pareja, pues ningún novio querrá marcar con su mal aliento la memoria colectiva de la relación. Sabido es que a los dos primeros meses de todo noviazgo serio no se los llevan ni el tiempo ni el olvido.
Y si lo aplicamos a alguien que no tenga novio –o novia- ni nadie a la mano para besar, entonces no hay dilema, que coma solito su ensalada de cebollas crudas con tomate y se eche a descansar sin preocuparse por quién pueda asomar la nariz por sus fauces.
Sin embargo, la solución que sí contemplará esta nota es la única válida en realidad, ya que el dentífrico no elimina del todo el hálito a cebolla y las mentitas son una cortina de humo de corto efecto. Lo mejor que se puede hacer en esta clase de encrucijadas es compartir.
Compartir amado con amada, novio con novia, marido con mujer y todas las posibles combinaciones, el placer de embutirse los jugosos alimentos impregnados de fuertes olores y sabores,  y luego besarse largo y hondo sin escrúpulos ni olfato, pues ya estropeado este con el propio vaho de la respiración cebollosa, no queda nada de qué quejarse.
Y tal como dice Pablo Milanez: “La prefiero compartida antes que desperdiciada mi vida”.

lunes, 7 de enero de 2013

Mala muerte

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La muerte súbita por definición es la forma más violenta de perder la vida, es la que no prevemos, pero como nos enseñaron en los colegios católicos una vez a la semana, mientras nos parábamos en  fila frente al congreso de profesoras en pleno, matar no necesariamente es una cuestión biológica.
Primero está el clásico y favorito de las profesoras de religión “matar con palabras”, método muy poco eficaz en estos días puesto que ha encontrado antídotos de indiferencia o “cuero” con el pasar de los años y el perderse de las buenas costumbres, normas de educación y detalles de protocolo.
Luego hay un tipo de asesinato más personal, uno que en la mayoría de los casos lo convierte a uno en homicida pero no al otro en difunto: el “estás muerto para mí”, que consiste simplemente en odiar, pero no odiar como se odian los que aman, sino odiar con elegancia: con indiferencia. Olvidar la existencia de una persona es lo más cercano a matarla, pues incluso a los fallecidos podemos vitalizar en el calor de la memoria.
Pero hay otra muerte, oh, mala muerte súbita y voraz, que deja en el sentir de su víctima el único deseo de morir, pero de buena muerte. Ese poner fin a la vida que pueden ocasionar sólo las personas de cuya existencia y consecuentes decisiones depende la vida de otro, por burdo ejemplo, la novia con etiqueta de “el amor de su vida” o “de mi vida”, esa que en vez de dar señales de disconformidad, pretende que todo está de maravilla y en el momento menos pensado, lanza su ruin guadaña y acaba con el aliento del mal amado: “terminamos”. 
Pero insisto, esta muerte sólo funciona si en respuesta al abandono el muchacho, que también puede ser muchacha, mira a su alrededor y se da cuenta de que ya no hay vida porque entregó todo su ser y construyó todos sus planes en torno a los cimientos de un volantín al viento. Entonces, pobre persona, ha muerto de súbito hasta nuevo aviso, hasta nueva vida, hasta nuevo amor.
Lo mismo puede hacer un banco que extienda un crédito salvador y justo cuando el desdichado comienza a retomar la firmeza de sus pasos, zaz, el banco corta el crédito, el hombre, que también puede ser mujer, mira a su alrededor y se da cuenta de que ya no hay vida, pobre persona, murió de súbito.
Lo mismo puede hacer un padre manipulador, lo mismo un jefe, lo mismo cualquier persona a la que se le dé el derecho de convertirse en asesino, pero si uno no revierte su propio óbito, entonces no hay muerte peor que la que se encontró de súbito con la puerta de la vida justo cuando esta se cerraba.

martes, 11 de diciembre de 2012

Sueño de tarde


Sucedió por la tarde que un sueño me engulló.
Soñaba que tenía que irme, que se me hacía tarde, pero ninguno de los tres relojes que de repente aparecieron en mi cuarto me daba la hora correcta. De hecho, ninguno marcaba la misma hora. Uno decía dos de la tarde, pero afuera era de noche, o estaba tan nublado que lo parecía.
Desperté por un segundo y vi la hora correcta, pero la pesadez que agobiaba a mi cuerpo no me permitió siquiera interpretar la posición de las manecillas de mi reloj. Sólo sabía, o creía saber, que aún no era tiempo, así que me dejé llevar por mi cansancio.
Luego soñé que cuatro mujeres que jamás he visto me acosaban, me perseguían, me tenían acorralada en un pequeño auto y yo, no pudiendo huir, deseé más que todo despertar, pues ya me había dado cuenta de que todo eso no era real.  Tenía que recobrar la consciencia pronto, a como dé lugar, pero mis ojos sencillamente no podían abrirse.
En un punto crítico de la pesadilla pude abrir los ojos por un segundo, pero entonces, literalmente, el sueño me absorbió y volví al mismo lugar y a la misma situación de la que creí haberme escapado.
Desesperada por despertar, me esforcé por volver en mí hasta que, finalmente, pude ver mi velador, mi cuarto y mi cama, pero todo con un filtro empañado y lechoso. Mi cuerpo aún pesaba como piedra y mi cansancio apenas me permitía moverme, pero pude sentarme, levantarme y dirigirme hacia el pasillo, donde vi por una fracción de segundo a mi empleada, quien subía por las gradas, antes de despertarme de verdad. En ese momento volví a ver mi velador y a mí misma hecha un ovillo en mi cama, pero estaba muy confundida, pues podía jurar que de verdad me había levantado. Incluso, mientras caminaba hacia la puerta, creía que estaba siendo sonámbula, pero estaba convencida de que mi cuerpo había recorrido mi cuarto.
No pasaron dos segundos de estar despierta cuando el sueño me volvió a tragar, pero ya no volví junto a las terroríficas chinas acosadoras, sino directamente a la escena de mi cuarto con el filtro lechoso, la pesadez increíble, las ganas locas de despertar. Volví a levantarme de mi cama y caminar hacia la puerta, pero esta vez, antes de llegar a ella, sentí una presión granulada en mi brazo derecho, y cuando aproximé mi mano para sentir qué pasaba, me di cuenta de que era la textura de mi cubrecamas e inmediatamente volví a despertar, pero como un hecho secuenciado, me dormí al instante.
La tercera vez me costó un poco menos levantarme. Ya empezaba a entender que en realidad sólo soñaba y que mi cuerpo seguía pegado a mi cama, entonces me concentré más en experimentar esa sensación casi telepática entre mi brazo de ensueño y el cubrecamas de la realidad. Esta vez, ya no sólo sentía el contacto con la cama, sino que, sin mover mi brazo del sueño, sentía la fricción característica de cuando se frotan cuerpo con tela, en especial con esta, tan rugosa.
Probablemente volví a despertar para volver a dormirme de inmediato, pero ya no soñé nada, sino que me quedé en un negro vacío hasta que sonó mi teléfono.

Y no lo sabía, pero cuando conté por primera vez esta historia, la respuesta me reveló que me había desdoblado.