Hace ya un buen par de noches estaba entre cerros y pinos. La nocturnidad estaba helada y Samaipata, más hermosa que de costumbre.
Caminé entre bailando y tiritando calle abajo hasta la famosa Oveja Negra -otra cueva, menos preciosa, más rústica, musical-, abarrotada esta de gente que ocupaba cada espacio permitido entre mesas, batería y guitarras. La banda descansaba y ya había acabado el primer set.
Por cosas de la vida, la física y la densidad de los cuerpos, recibí la segunda parte de la tocada desde la acera, donde pude escuchar que una tremenda armónica llevaba la batuta de un blues de gracia, el último que tocaron en serio. Cuando escuché la voz de Marcelo Gala invitando a la chica más linda del boliche a hacerse presente, supe que de ahí en más, sería catarrera pura.
Esa fue La Maga en Samaipata a la 1am. de un 6 de agosto.
La semana siguiente encontré un afiche del Ciclo de Música en el Museo, el cual se viene realizando cada jueves desde hace unos meses y hasta noviembre; esta vez le tocaba el turno a La Maga, seguida de Billy Castillo, pero él es un tema aparte.
Su blues es excelente, profesional, cargado de onda. El de la armónica re sabe y el batero, tal como el ilustre Marcelo dijo, es de los mejores que tienen el gusto de habitar esta ciudad de mis amores. Su música es por completo disfrutable, un viaje aparte al planeta del suin, pero cuando de repente uno escucha un "A nosotros nos gusta innovar y vi por el público a una flautista preciosa, así que, ¿dónde estás belleza? vení y acompañanos", sabe que no está presenciando a una buena banda de blues convencional. No. Esto es La Maga.
La preciosura en cuestión resultó ser un muchacho de más o menos 19 años que tenía una flauta traversa en sus manos cuando se tambaleó hacia el escenario entre vítores de sus amigos y de algunos espectadores simpáticos. Su emoción era sólo comparable con su nerviosismo. Gala se le acercó, le dio unas pautas rápidas de secuencias de blues y le cedió el micrófono para que, con la banda haciendo una base suave pero enérgica, se luciera a golpes de viento y saliva.
Al terminar la canción, el mediano grupo de personas que poblaban el Museo de Arte Contemporáneo expresaba un furor unánime que reclamaba en lo implícito otra canción, y de ser posible, otra más. Con astucia y diplomacia, Marcelo aceptó cerrar con una canción más, pero con la compañía de Billy Castillo, quien luego haría uso del escenario. Tocaron un blues más pesado, o un rock más bluseado, no sabría llamarle. Fue excelente. Luego siguió Billy con su banda y el resto es cuesta abajo.
Esa fue La Maga en el Museo de Arte Contemporáneo a las 9pm de un jueves.
Si en este preciso instante me dicen que a las 4am de mañana, lunes, La Maga va a tocar bajo un puente, iría a escucharlos. Choripan, ¡qué buena banda!